sábado, 9 de marzo de 2013

LITERATURA


Antonio Santa Ana, el Best Seller, de libros para chicos.


“A mí me parece la situación ideal. Uno escribe, hay alguien que te quiere editar y alguien que te quiere leer y podés ir al Coto todos los sábados sin que nadie te conozca”, dice Antonio Santa Ana, el autor de la recientemente publicada Ella cantaba (en tono menor) (Norma Ed.) y del best-seller Los ojos del perro siberiano. Best-seller posta: 400 mil ejemplares lleva vendidos con esa historia triste y hermosa, la de un chico cuyo hermano mayor se enferma de Sida en la época en que la enfermedad mataba. Lo que hace Santa Ana se llama Literatura Infantil y Juvenil (LIJ) y lo hace de modo que uno no siente que está leyendo un texto para chicos: uno se siente un chico mientras lo lee. Con Ella cantaba... esta cronista volvió a experimentar la plenitud que un adolescente siente junto a sus amigos, a descubrir la ciudad en sus paseos, a escuchar cientos de canciones, a pensar en cómo se hace una canción, a recordar los primeros amores contrariados, a revisar el vínculo con los padres, a divertirse con el contraste de las voces de los dos miembros de la parejita. El chico es Pablo, que está terminando el colegio y arma una banda de rock, La Cofradía, (homenaje a la de la Flor Solar) con Diego –emigrado del Bolsón y con sueños de ser Chet Baker– y Francisco. En ese proceso conoce a Guadalupe, una hija de exiliados en México que se siente extranjera en todas partes, y se enamora.
Santa Ana conquista lectores suavemente: sin sentencias y sin héroes; sus narradores tienen muchas dudas, no saben cómo hacer las cosas, se equivocan e incluso se dan el lujo de escribir poemas malísimos. Y ahí está el lector enganchadísimo como si siguiera al Conde de Montecristo. Y recuerda esa frase que dice “un buen libro infantil es aquel que pueden leer todos, incluso los niños”.
–¿Cómo lo logra, Santa Ana?

–Leí mucha, mucha literatura juvenil, sobre todo europea; conocer el género te permite una cierta libertad, te da la comodidad de saber de qué estás hablando. Y los géneros se rompen y se estiran y podés caminar por los bordes. La primera persona que leyó Los ojos de perro siberiano me dijo: “mirá; es una novela para jóvenes pero empezás hablando de Bach, de Rimbaud, no son referencias culturales de los chicos, no va a andar”; y después te das cuenta de que lo que tiene un cierto peso es la historia, no importa la referencia cultural, en esta novela deliberadamente metí referencias ajenas a los jóvenes porque me gusta ese pastiche de que estás contando una historia y las canciones que mencionás tienen que ver con la historia y las películas también, una cosa más intertextual.
–La intertextualidad, sobre todo con la música y las canciones, pero también con las recetas de cocina y con la guía de viajes, está muy presente en “Ella cantaba...”
–Yo trato de poner todas cosas que me gustan en los libros, siempre. Porque escribir está bueno, es placentero, pero después es una hinchapelotez ¿no? A mí escribir novela no me gusta: a mí lo que me gusta es pensar personajes, lo que me divierte es eso. No es una necesidad vital sentarme todos los días a escribir, puedo prescindir de eso. No puedo prescindir de la música, no puedo prescindir de la comida; entonces cuando me siento a escribir trato de que confluyan todos los mundos y, en algún momento, me hice la promesa de que en todos mis libros iba a haber mucha música.
–¿Cómo piensa los personajes?

De estos chicos yo sé todo, pienso incluso en los personajes que apenas aparecen. Porque para que Guido, que sólo es mencionado dos veces, se vaya a sentar a tomar mate solo en una fiesta yo tengo que saber lo que pasa. No se lo cuento al lector porque no tiene nada que ver con la historia, pero me voy armando archivos de los chicos, a veces sé cómo se llaman los padres, qué hacen; armo personajes y después los meto a entrar en una trama, creo por eso en un momento fluye.
–Desde “Los ojos...” hasta “Ella cantaba...”, pasando por “Nunca seré un superhéroe”, veo una especie de progresión cronológica: en el primero el narrador es un nene, en el segundo un preadolescente y en el tercero un adolescente. ¿Por qué?

–No, no pensé el crecimiento cronológico, sí trato de no repetirme. Además, hay cosas que con un cierto corrimiento cronológico podés contar mejor.
Ella cantaba es una segunda versión: en la primera eran los mismos personajes, los tres amigos, pero sin Guadalupe, Francisco se suicidaba y estaba narrado por Pablo. Cuando la estaba terminando, un amigo me dijo: “Ah! Qué valiente hacer un libro que empieza con un suicidio, mirá si alguien un día te dice: ‘mi hijo se suicidó después de leer tu libro’”. Y dije no, no, no quiero. La fui reescribiendo, y encontré una relación de amor. Me gustaban esos tres chicos y me gusta mucho el padre de Pablo, también, con esa tristeza que tiene: me parece que también tiene que haber padres tristes. Antes las familias eran como deidades y el que estaba equivocado era el protagonista, entonces yo me propuse hacer familias más disfuncionales, un poco cómicas a veces. Porque los adolescentes conviven con padres tristes, padres deprimidos, equivocados, buena gente y también con malos padres. Me gustó eso de Pablo: un pibe que piensa que tiene que cuidar a su padre pero no sabe cómo.
Por. Gabriela Cabezón Cámara, Clarín. 09/03/2013